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Formación
humana
Atendiendo
a los aspectos prácticos de la realidad interior de los jóvenes
y de la vida del Seminario, lo que la Exhortación Apostólica
Postsinodal "Pastores Dabo Vobis" entiende por
formación humana, nosotros lo dividimos en dos subáreas: una
que atiende más bien a la maduración personal; y la otra, a
la disponibilidad para la vida comunitaria.
Formación
Humano-Afectiva
Premiación
del concurso de bandas.
Por
formación humana entendemos el desarrollo y educación de
todas aquellas cualidades humanas que son importantes para la
consolidación del carácter y la formación de la
personalidad.
Está
orientada a poner los medios para modelar y forjar la
personalidad del seminarista y para -a través de la
convivencia diaria y mediante las diferentes actividades
ordinarias y extraordinarias del Seminario- conseguir que los
candidatos al sacerdocio se formen integralmente y logren el
objetivo básico de la formación: crecer como personas para
poder servir como pastores.
El
objetivo es crear un ambiente comunitario y fraterno que anime
y aliente a todos a crecer en su vocación sacerdotal:
profundizando en el amor personal a Jesucristo Pastor (vida
espiritual), y deseando adquirir una seria formación académica
en Humanidades, Filosofía y Teología (vida de estudios),
para poder servir mejor a los demás (vida apostólica-pastoral).
En
función de este objetivo, se prestará especial atención a
la responsabilidad, al servicio y al sentido comunitario. Tratándose
de "cultivar una serie de cualidades humanas necesarias
para la formación de personalidades equilibradas, sólidas y
libres, capaces de llevar el peso de las responsabilidades
pastorales" (PDV,43), se hace necesaria una educación en
la libertad, la lealtad, la coherencia interior, etc.
Desde
esta perspectiva, se impone para nosotros la insistencia en la
autoformación en el Espíritu, según las mismas indicaciones
del Papa Juan Pablo II, que no son otra cosa sino una aplicación
a la formación sacerdotal del principio paulino: "Todo
cuanto hay de verdadero, de noble, de justo, de puro, de
amable, de honorable, todo cuanto sea virtud y cosa digna de
elogio, todo eso tenedlo en cuenta" (Flp 4,8; citado en
PDV,43).
Y
es también muy importante que, durante el proceso de formación,
se ayude a los seminaristas a descubrir sus valores personales
y a afirmar su propia identidad cultural, así como también a
cultivar una sana actitud de apertura hacia las otras
culturas, reconociendo sus valores y sus límites.
La
Vida Comunitaria
La
vida en común -medio privilegiado para la formación integral
de los seminaristas- debe ser construida día a día con el
aporte y la colaboración de todos, asumiendo con
responsabilidad las distintas tareas, servicios y actividades
necesarias para el bien común.
Ella
es, al mismo tiempo, una constante ocasión de maduración
personal y comunitaria, de ejercicio del propio dominio, de
ordenar los afectos desordenados, de integración humana y de
diálogo enriquecedor.
Se
espera que exista en los seminaristas un sentido de
responsabilidad, de sensibilidad ante las necesidades del
otro, y de fraterna preocupación por todo lo que afecta al
bien común. El cuidado de la casa y de todos sus ambientes y
pertenencias, así como el cumplimiento de los horarios, el
respeto a los tiempos de silencio, la participación plena y
gozosa en el deporte, en el trabajo, en las reuniones
comunitarias, etc. implican a todos y cada uno de los
seminaristas para que el Seminario en su integridad sea una
auténtica "comunidad formativa".
Entre
los valores y actitudes que se deben subrayar están la
sinceridad y honradez frente a la propia vocación, el diálogo
abierto y transparente con los formadores, el sentido de
responsabilidad y corresponsabilidad en la vida interna del
Seminario, la participación activa y conveniente en
determinadas deliberaciones y decisiones propias de la vida
del Seminario (que trataremos de implementar mediante el
Proyecto Comunitario de Vida del Seminario), una sana apertura
a los compañeros y a todas las personas con quienes trata
dentro y fuera del Seminario (cfr. "Normas básicas para
la formación sacerdotal en el Perú", 1986).
Sólo
así se garantizará una preparación adecuada para la
posteror incorporación al presbiterio diocesano, entendiéndose
ya que los jóvenes se preparan para ser co-presbíteros
dentro de un presbiterio bajo la presidencia del Obispo, y no
para ser sacerdotes a título individual.
"De
particular importancia es la capacidad de relacionarse con los
demás, elemento verdaderamente esencial para quien ha sido
llamado a ser responsable de una comunidad y "hombre de
comunión". Esto exige que el sacerdote no sea arrogante
ni polémico, sino afable, hospitalario, sincero en sus
palabras y en su corazón, prudente y discreto, generoso y
disponible para el servicio, capaz de ofrecer personalmente y
de suscitar en todos relaciones leales y fraternas, dispuesto
a comprender, perdonar y consolar (cf. 1 Tim 3,1-5; Tit
1,7-9)" (PDV,43).
"La
capacidad de cultivar y vivir maduras y profundas amistades
sacerdotales se revela fuente de serenidad y de alegría en el
ejercicio del ministerio. Las amistades verdaderas son ayuda
decisiva en las dificultades y, a la vez, ayuda preciosa para
incrementar la caridad pastoral, que el presbítero debe
ejercer de modo particular con aquellos hermanos en el
sacerdocio, que se encuentren necesitados de comprensión,
ayuda y apoyo" (Directorio para el Ministerio y Vida de
los Presbíteros, nº 28).
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