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La
formación
El
Seminario "antes que ser un lugar o un espacio material,
debe ser un ambiente espiritual, un itinerario de vida, una
atmósfera que favorezca y asegure un proceso formativo, de
manera que el que ha sido llamado por Dios al sacerdocio pueda
llegar a ser, con el sacramento del Orden, una imagen viva de
Jesucristo Cabeza y Pastor de la Iglesia" (PDV,42).
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Los
formadores, en cumplimiento de la misión recibida, acompañarán
especialmente a los jóvenes en su proceso de maduración
vocacional y de identificación con Cristo Pastor. A la vez
que comprueban, a lo largo de los años, la idoneidad del
candidato para el ministerio presbiteral, irán comunicando a
cada seminarista, con discreta caridad y oportunamente, los
logros alcanzados y aquellos aspectos que necesitan superar, y
les mostrarán las metas que deben ir logrando para ofrecer.
Según la misma Exhortación Apostólica “Pastores Dabo
Vobis”, el Seminario,
como comunidad educativa, debe |
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tener
un programa de vida o de formación "que se caracterice tanto por ser orgánico-unitario, como por su sintonía o
correspondencia con el único fin que justifica la existencia
del Seminario: la preparación de los futuros presbíteros...
Y para que la programación sea verdaderamente adecuada y
eficaz, es preciso que las grandes líneas del programa se
traduzcan más concretamente y al detalle, mediante algunas
normas particulares destinadas a ordenar la vida comunitaria,
estableciendo determinados instrumentos y algunos ritmos
temporales precisos" (PDV,61).
La
formación sacerdotal en el Seminario Mayor comprende cuatro
dimensiones principales: humana (que atañe tanto al aspecto
personal y afectivo como al comunitario), espiritual,
intelectual y pastoral. A través de un trabajo coordinado
entre ellas, se pretende lograr el desarrollo y formación
integral del seminarista, tal y como lo sugiere la Exhortación
Apostólica Postsinodal "Pastores Dabo Vobis",
nn.43-59.
Durante
su permanencia en el Seminario Mayor, los seminaristas han de
ir madurando en su vocación, discerniendo la llamada del Señor
a una vida de total entrega y servicio, configurándose a
imagen de Jesucristo Buen Pastor. Son pues, años de formación
y, como tales, requieren una correspondencia libre y generosa
a la gracia que el Señor les concede se responsablemente a la
misión que la Iglesia les ha de conferir.
Estructuras
de apoyo:
Consideramos
estructuras de apoyo a aquéllas que permiten al candidato al
sacerdocio crecer durante sus años de formación en el
Seminario en su vida personal y en la vida comunitaria para
ser pastores, a imagen de Jesucristo, Buen Pastor.
Las
estructuras de apoyo nos deben ayudar a:
+
aprender a mirar el fondo de la vida: tales como la asesoría
espiritual frecuente, la práctica del discernimiento personal
mediante el Proyecto Personal de Vida, la Revisión de Vida y
el Examen de conciencia diario.
+
aprender a dominarse a sí mismo: experiencia de oración
personal diaria, capacidad de hacer silencio interior, tener
talante para afrontar situaciones difíciles, aprender a poner
siempre las necesidades del otro como criterio de actuación.
+
aprender a dejar de ser uno mismo el centro de su vida:
capacidad para la vida comunitaria y para las experiencias
apostólicas, integrando un equipo pastoral.
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Para
ello, es importante tener el deseo y la disposición de vivir
una experiencia profunda de Dios, de oración y actitudes
sinceramente evangélicas, el amor personal a Jesucristo
Pastor, la práctica sacramental profunda, el sentido de
pertenencia a la comunidad eclesial, el trato personal y
amical con el Obispo y formadores, la amistad profunda y
cordial entre los seminaristas y sacerdotes, la dimensión
comunitaria esencial para toda vida humana, el intercambio de
experiencias y bienes, la comprensión y corrección fraterna,
el integrarse en un proyecto común de pastoral diocesana, la
formación en la libertad y un adecuado |
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Jornada
en Montegrande (Jaén) |
sentido de la ascesis,
etc.
Es
conveniente subrayar, así mismo, la importancia de vivir según
el espíritu y la gracia propia de la vocación sacerdotal
diocesana y secular, correspondiendo con total libertad y
entrega a la invitación personal de Jesucristo para ser
pastores de su pueblo, configurados con El al servicio de los
hermanos, preferentemente de los pobres y de los que sufren.
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